miércoles, 22 de marzo de 2017

PATRIA


En el camino de mi próxima novela me he encontrado con Patria, la novela de Fernando Aramburu. El País Vasco y la realidad social y política de los últimos cuarenta años es el contexto donde se desenvuelve esta historia de dos familias que pasaron de la amistad profunda a la enemistad manifiesta. El terrorismo, como telón de fondo, es el eje sobre el que pivotan las relaciones de sus protagonistas.
En mi caso, el proyecto de escribir una novela que tuviera como marco el País Vasco arrancó allá por el año 2011. Mis distintos viajes a Vitoria y Mondragón se fueron llenando de experiencias personales y reflexiones sobre lo que me inspiraba aquella tierra. Este cúmulo de pensamientos y percepciones fue persuadiéndome de que tenía una historia que contar.
Los autores solemos vivir aislados, cada uno con su proyecto, ensimismados en la historia que nos bulle y rebulle en la cabeza. Así es este trabajo ermitaño de creación. Cuando el proceso de creación está en marcha, solo nos atrevemos a desvelar en alguna ocasión pinceladas de lo que estamos escribiendo, como si fuera parte de la necesidad de verbalizar lo que se mueve por la mente y se va reflejando en el papel. Por eso, cuando la novela Patria fue publicada, en septiembre de 2016, encontré que mi novela tenía una pareja de baile, desconocida hasta entonces. Después he tenido oportunidad de leerla. Aquí os dejo una parte de mis impresiones.
La novela de Fernando Aramburu, aparte del placer de su lectura, me ha supuesto una lección magistral de cómo abordar una historia donde se entrecruzan tantos sentimientos contradictorios, que afectan a múltiples sensibilidades, asentadas tanto en la tierra como en sus gentes. En Patria, la atmósfera de los años de sangre y horror, de miedo contagiado a fuerza de amenazas y miradas inquisitivas, alcanza momentos sublimes. Era aquel tiempo en que las vidas estaban atrapadas en un entramado de relaciones propiciado por un ambiente de asfixia social. Ser señalado por el terror era el peor castigo que te podía caer. Quedar bajo ese yugo era ser golpeado por la desgracia; y lo menos grave podía ser: quedar marginado socialmente.
La presencia de ETA en todo este tiempo, junto a la izquierda abertzale que la respaldaba  socialmente y la sostenía en las urnas, justificando cada acción terrorista, hicieron del territorio vasco un espacio en el que para muchos resultó imposible vivir. ETA, a través de sus sicarios, decidían los objetivos, sobre ellos caía la desgracia, sobre la que ya no cabía discusión.
Los personajes de Patria, movidos muchas veces por sentimientos muy primarios, nos desvelan la carga ideológica y de fanatismo del terrorismo. Sin grandes alardes de reflexión metafísica, vemos cómo son capaces de renunciar a su vida, a la amistad, a compartir una merienda o a mirarse a los ojos. Fácilmente quedan atrapados por actitudes fanáticas, capaces de anular al ser humano. Sin reflexión alguna, sostienen y defienden consignas, que seguramente no considerarían en un contexto diferente, donde el valor del ser humano se respetara.
El lenguaje cortante, austero, directo y contundente, sin muchas concesiones, que deambula por la novela, no es solo el reflejo de una manera de hablar, es la consecuencia de la amargura instalada en la vida de cada personaje. Miren y Bittori, ese tosco escepticismo, reflejan esa aflicción que había caído sobre ellas, por distintos motivos, pero de la que no sabían, o no querían, despojarse. Un sufrimiento impuesto, de consecuencias fatales para sus vidas: la amistad rota, a la que tuvieron que renunciar forzadas por la ingratitud impuesta desde el entorno.
Patria aproxima al lector a esa realidad a través de la seducción. El relato está lleno de magia verbal, con formas sencillas de decir lo que se quiere decir. La historia está llena de referencias a la gente, acudiendo a sus comportamientos, y nos permite, a través de ellos, reconocer cómo fue la vida de esos años en Euskadi. Los personajes son variados, al tiempo que tan sencillos como potentes, sobre todo los femeninos, magistral reflejo  del papel que juega el matriarcado en la sociedad vasca.
En la novela, las vidas discurren, van y vienen, del pasado al presente, del presente al pasado, porque todo es parte de la misma sinrazón que se impuso durante decenios. No importan los saltos en el tiempo a que nos lleva el autor, ni el nicho vital de cada personaje, el lector queda imbuido por la avidez de saber hacia donde discurren los acontecimientos que, aunque conocidos, le hacen interesarse por saber en qué medida afectaron a los personajes.
El tema que aborda esta novela de Fernando Aramburu es tan sugerente como necesario. Afrontarlo desde la literatura es otra manera de contribuir al necesario clima de paz, al que solo se llegará si somos capaces de encontrar respuestas que nos permitan explicar en qué consistieron tanto los desajustes sociales, como los dramas personales. Estamos, sin duda, ante una obra que no defraudará al lector y que desde aquí la consideramos de lectura imprescindible.

jueves, 16 de marzo de 2017

EL ASTILLERO


A veces con un libro tiene uno la sensación de haberlo leído antes. Es lo que me ocurrió con El astillero de Juan Carlos Onetti. El regreso a una ciudad que fue tuya, la rememoración de vivencias y escenas que viviste anteriormente, el descubrimiento de matices de los que no fuiste consciente... Los regresos a nuestros espacios vitales, que es lo mismo que regresar a nosotros mismos, están llenos de coincidencias y terminan siendo coincidentes en todos nosotros.
Onetti en El astillero se suma a esa poética narrativa que está presente en Kafka, Céline o Faulkner. La poética que sentí tan mía cuando me enfrenté al reto de escribir La renta del dolor, donde las incertidumbres de Matilde Santos se llenaban de porosas sensaciones, ávida por no perderse nada de tanto como había dado por perdido en el exilio, y que con la vuelta la vida le ofrecía una segunda oportunidad. Tuve la sensación, cuando caminaba de la mirada de Matilde Santos, que todos en nuestra existencia casi siempre regresamos de algún exilio. Es lo que le ocurre a Larsen cuando regresa a Santa María en  El astillero
En esta novela parece que no existe historia alguna. Onetti acumula personajes en un aparente desorden, sin que parezca que son parte de una historia construida, donde a cada uno se le ofrece un rol y que entre todos va dando forma. Los personajes caminan por un truculento laberinto que les hace estar siempre en el mismo sitio. No tienen un rumbo al que dirigirse.
Ahí tenemos a Larsen, Kunz, Petrus, Gálvez, su mujer o Angélica Inés, tejiendo sus relaciones sin un objetivo claro. Superviven en estados de soledad, se dirigen la palabra, piensan. Es como si se nos desvelasen las vidas de unos seres que solo aspiran a sobrevivir en una existencia impuesta por la naturaleza, simplemente por el hecho de haber nacido. No es muy diferente esta visión de Onetti a las realidades que percibimos en el mundo que nos rodea: vidas solitarias, apagadas, que deambulan, como si no tuviesen interés de buscar razones internas que expliquen qué se pinta en este mundo.
Larsen, conocido ya en La vida breve, vuelve a Santa María cinco años, después que fuera expulsado por el gobernador. Le mueve la venganza, que es otra manera que tenemos de volver al pasado o a territorios que nos acogieron alguna vez. Regresa porque siente que ha dejado cabos sueltos en un retazo de su vida y, quizás también, para abrirse a un futuro que lo libere. 
Todo El astillero es un escenario pleno de decrepitud, ruinas, herrumbre por doquier. Foco de desechos, no solo materiales, también de miserias humanas. La atmósfera que envuelve las páginas de la novela está sumida en el caos. Acaso en ella podamos entender algunas de las claves de la desolación que invade al hombre de nuestro tiempo.
No está exenta la lectura de El astillero de intensidad en la prosa, ni de los destellos de fuerza narrativa con los que Onetti la ha dotado.

sábado, 4 de febrero de 2017

ESA PUTA TAN DISTINGUIDA


Hay novelas que te trasladan de manera ácida a las razones que subyacen en la vida de un ser humano, mientras otras, como en la que nos detenemos, que las encuentras de manera más amable. Es lo que ha venido a ocurrirme con Esa puta tan distinguida, la última novela de Juan Marsé. Y no es que en Marsé no falten en esta obra esas gotas de mirada ácida e irónica del pasado, pero tengo la sensación que lo hace con más sutileza a como es habitual en él.
Jugar con la memoria es a veces una tentación, porque a menudo se ensalza lo superfluo y nos quedamos con la espuma en vez de lo sustancial. Nuestra memoria histórica adolece de ello, y más en estos tiempos en que hemos rebuscado en ese pasado, unas veces para encontrar la paz y la justicia tan necesarias, mientras que otras para regodearnos inútilmente en el sufrimiento.
En 1949 ocurría un crimen en la cabina de un cine de barrio, el cine Delicias. la prostituta Carolina Bruil era estrangulada a manos del proyeccionista Fermín Sicart, con quien mantenía frecuentes relaciones, utilizando un trozo de celuloide. Treinta años después, 1982, el escritor acepta el encargo de escribir un guión para una película sobre este asesinato.
En Esa puta tan distinguida, Marsé juega con la desmemoria del asesino para decirnos lo frágil que es la memoria individual y colectiva. Esa desmemoria que tantas veces es tan voluntaria como acción deshonesta. Utilizada por el ser humano con el firme propósito para encubrir la falsedad y aligerar su culpa. Olvidarse del pasado intencionadamente es parte de la miseria humana, fingir que no nos acordamos de algo es parte de la indecencia conque asumimos convertirnos con frecuencia en perfectos sepulcros blanqueados.
La desmemoria de Fermín Sicart no ayudó mucho, ni antes al juez que juzgó aquel asesinato, ni a Marsé en los continuas entrevistas que mantienen, para encontrar las razones de aquel asesinato. Al escritor llegará la versión de un Sicart anciano, castigado por lo caótico de su vida treinta años después, así como por la crueldad a que lo sometieron los experimentos psiquiátricos de aquel tiempo de la dictadura. Un anciano que “parecía una reliquia de la España triste, remendada y presumidita de la posguerra” y que, cumplida su condena y saldada su cuenta con la sociedad, hablará en casa del escritor para casi no decirle nada del porqué cometió aquel crimen.
El relato que construye Sicart en las entrevistas está plagado de invenciones, inexactitudes, suposiciones y poco más, que no interesan al escritor para su guión. Porque, a pesar de las presiones del director y el productor para que escribiera un guión superfluo y morboso sobre el crimen, lo que le interesa a él es conocer qué razones se escondían en la mente de aquel hombre capaz de dar el paso para asesinar a la persona que con su compañía, conversación y contacto sexual paliaba la tristeza en que se desenvolvía su vida, y en la que no faltaban los traumas del pasado (hijo de una prostituta).
No falta en la novela la fina ironía de Marsé para abordar esta historia, a la que acompaña el desenvolvimiento, las ocurrencias y el desenfado de su asistenta: la inefable Felisa. Personaje que juega a ser un poco el alter ego del propio escritor, con su “melena corta y negra como ala de cuervo, misteriosamente juvenil”, de “carita aniñada y llena de arrugas” y “esa mirada burlona y falaz”.
Esa puta tan distinguida, con su mirada serena y escrutadora, no dejará de bucear con la maestría a que acostumbra Marsé en el universo íntimo de las hostilidades y las miserias humanas.

lunes, 26 de diciembre de 2016

EL AZAR Y VICEVERSA


La figura del antihéroe se ha prodigado en la historia de nuestra literatura como la mejor manera de retratar las realidades humanas y sociales de cada época. En El azar y viceversa, la novela de Felipe Benítez Reyes, esta figura, personificada en el roteño Antonio Jesús Escribano Rangel, ha eclosionado en el panorama literario actual con una fuerza como hacía tiempo no ocurría. Incluso, me atrevería a decir, desde que Juan Marsé, en  Últimas tardes con Teresa, nos trajo a Pijoaparte de Ronda hasta el barrio del Carmelo y le abrió las puertas del barrio de San Gervasio, en aquella Barcelona de los sesenta del siglo pasado, para que soñara en su delirio.

Benítez Reyes nos presenta a un Antonio ausente de la conciencia de lo que Jacques Monod entendía acerca del hombre en El azar y la necesidad, aquello de que estaba solo en la inmensidad indiferente del universo y que su destino no estaba escrito en ninguna parte. O quizás sí, pues el joven Rangel, desde su niñez en la Rota tardofranquista y de soldadesca americana, se dejara llevar sin rumbo definido y por un camino plagado de curvas, consciente de que en la vida ni “existen los ciclos” y “nada se cierra”.

El antihéroe por excelencia es el pícaro de la decadente España de la Edad Moderna. Es, sin duda, la figura de nuestra literatura que mejor explica los fenómenos del hombre en esa manera de vivir que tiene en sociedad. Cuando la necesidad apretaba, que era casi a cada minuto, aguzaba el ingenio para llenar lo más crucial: la barriga y, de camino, sobrevivir salvando el pellejo. En los años sesenta y setenta del siglo pasado es posible que cualquier antihéroe se debatiera más en cuestiones metafísicas o de posición social. Hoy, el pícaro se viste y se mueve de otro modo, ya no tiene la urgencia de tener que rebuscar un mendrugo de pan, su mayor aspiración tiene que ver con el lujo, con la ostentación de lo suntuario, acaso con acertar en cualquier estafa o fraude que se le ponga a tiro.

El Rányer de El azar y viceversa sólo aspira a sobrevivir, a encontrar el mejor acomodo que cubra sus necesidades, sin menospreciar ese coqueteo con el ensueño sicodélico de aquel tiempo (no obstante, dejándose más bien arrastrar por ello, que impulsado por su propio entusiasmo), sin alardear nunca de mayores aspiraciones, ni siquiera cuando se le presenta la gran oportunidad del Tunecino, aunque como Padilla, primero, y Jesús, después, no negará que, sin herederos su jefe, él podría ser quien heredase el negocio del trapicheo que parecía tan acorde a su condición y modo de vida. El Rányer es un auténtico buscavidas que, tal vez por necesidad de quedar en paz consigo mismo, gusta ir narrando esa vida azarosa, llena de avatares, pero que tampoco despertará el entusiasmo de su protagonista. Una vida, que a lo que parece, es incapaz de tener futuro y, si me apuran, ni hasta presente. Al final se convierte (o lo convierten) en Toni, y esa pusilanimidad que no oculta hará que sea su mujer la que se encargue de comprarle la ropa y más cosas, para concluir diciendo que “a todo se acostumbra uno”, incluso a que le organicen su vida.

Como buen antihéroe, Rangel, el Rányer, Jesús o Toni, como le marca cada etapa de su vida, ni siquiera se detiene en los grandes acontecimientos de su tiempo, esos que cambiaron la historia de este país en los setenta y los ochenta, cuando moría el dictador y se pasaba de la dictadura a la democracia, cuando se aprobaba la Constitución del 78 o se celebraban elecciones, o cuando el socialismo volvía a gobernar cuatro décadas después. Tanto es así, que casi se pierde, absorto en su realidad, el golpe de Estado del 23-F, y sólo se entera porque se lo hacen saber antes de irse a dormir, después de haber caminado sin rumbo por las calles de Sevilla, estirando un paseo que no le llevaba a ninguna parte. Acaso porque los antihéroes sólo se fijan en la supervivencia de su espíritu mediocre y apocado, y no se engalanan con las obras sublimes de los hombres más que para encontrar un pedazo de quimera que sustente su presente.

El lenguaje utilizado por el autor en El azar y viceversa está sumamente cuidado, precisamente por el desenfado con que se manifiesta el protagonista, hasta hacerlo un poco crudo y pérfido, unas veces, coloquial, otras, pero siempre culto y provisto de una gran fuerza narrativa. Sin duda, la cuidada escritura de Benítez Reyes nos ayuda a comprender las incongruencias y los desatinos que acechan a Antonio Jesús Escribano Rangel en esa trayectoria vital de aventuras y desventuras, en esos avatares que terminan siempre frustrándole su porvenir, pero que, haciendo bueno el adagio de que aprietan pero no ahogan, ofrecen siempre una solución, precaria o no, a ese deambular que a veces resulta tan agónico. Son tantas las contradicciones con las que convive, y tan pocas las certezas que lo asaltan, que es fácil saber que cualquiera de nosotros podríamos haber sido un Rangel cuando también fuimos adolescentes y jóvenes adultos en aquellos años de los setenta y los ochenta del siglo pasado.

Una lectura más que recomendable: imprescindible en el panorama literario actual.

martes, 29 de noviembre de 2016

ABSALÓN, ABSALÓN



Con la entrada de este otoño meterológico, un tanto perezoso, me apetecía leer de nuevo el Absalón, Absalón de William Faulkner. Son una de esas lecturas recurrentes cuando se apodera de uno la confusión y no fluye la escritura. Es una buena táctica. Te recoges sobre ti mismo con una buena lectura y la terapia funciona. Al menos, eso es lo que a mí me ha ocurrido. Es como si pasaras una jornada de senderismo en contacto con la naturaleza, en ella no cabe duda que se reanima ese sentimiento que nos hace recordar que venimos de la tierra. Ambas son buenas estrategias para revitalizar la energía y hacer que fluya y llene nuestras neuronas.

La lectura de ahora de Absalón, Absalón ha sido profunda, meditada, casi piadosa, degustando la armonía del texto. Es como si me dispusiera a rezar una plegaria, a recogerme hacia dentro para que salga pausada y sentida desde el corazón. Esta novela me marcó hace tiempo cómo debía decir lo que quería escribir, como expresar lo que tanto se atropellaba en el bullir ansioso de las historias de mi cabeza.

En la historia que contiene Absalón, Absalón, el grado de destrucción de las personas, así como la fuerza autodestructiva que hay dentro de todos nosotros, alcanza una insobornable precisión. Las guerras son destructivas, de ellas se sacan pocas ventajas, se esquilma el valor y el espíritu, se horadan profundas heridas, se siegan vidas, aparece el abominable instinto de la devastación. La guerra de Secesión norteamericana fue eso, un cúmulo de furia desatada, de odios que se enquistaron y de ofensas para lacerar la dignidad humana. Transmutó aquel país, Estados Unidos, y sacó del letargo las pasiones humanas, las más bajas y rencorosas, el ensañamiento y el racismo más mordaz.

La legión de personajes que pululan en Absalón, Absalón son el reflejo de todo esto que hemos dicho. A todos se les endureció el carácter y a todos la vida les dio un vuelco.

Durante dos semanas he vuelto a navegar por el río Misisipi y pasear por el condado de Yoknapatawpha, y como Quintín, no he sentido un odio especial hacia el sur.



viernes, 3 de junio de 2016

MALABARISMOS


Mi paso por la Feria del Libro de Madrid ha sido una experiencia inolvidable. Sentado en un taburete tras el mostrador de la caseta, cruzando la mirada con decenas o cientos de lectores, que pasaban en un trasiego continuo por el generoso espacio delimitado por el marco cuadrangular del habitáculo de chapa, he podido comprobar que los libros siguen vivos. En momentos la situación se tornaba más especial, cuando alguno se paraba para mirar con más detenimiento los libros expuestos, o la portada de mi novela, y aquello sí que me hacía sentir una especie de cosquilleo infantil. 

Estuve firmando la tarde del viernes 27 de mayo y la mañana del sábado 28. La caseta 353, compartida por dos editoriales: Esdrújula Ediciones y Valparaíso Ediciones, permitió que coincidiéramos dos autores firmando al mismo tiempo. El viernes estuvo allí el poeta y novelista salvadoreño Jorge Galán, del que recuerdo haber firmado un manifiesto de apoyo tras las amenazas que sufrió al publicar su novela Noviembre, en la que narra el asesinato en 1989 de varios jesuitas en su país, entre ellos el padre Ignacio Ellacuría. El sábado coincidí con Carmen Canet, quien como yo se había desplazado desde Granada. Al terminar mi horario de firma hicimos intercambio de libros. Carmen se llevó La noche que no tenía final y yo su Malabarismos. Fue una excelente manera para conocernos un poco más, pues también uno se refleja como es en lo que escribe y cómo lo escribe.

He leído Malabarismos (Valparaíso Ediciones, 2016) y me he sentido cómodamente reconfortado al leer muchos de sus aforismos, capaces de activar instantáneamente el interruptor que aviva las neuronas del pensamiento. Porque malabarismos con las palabras es lo que hace Carmen Canet a la hora de escribir de modo tan preciso y con tanto acierto esas sentencias que lo contienen todo, sostenidas por la destreza, el equilibrio, la agilidad y el ingenio en el uso de las palabras. Productos destilados de sabiduría, reflejos de vivencias, de experiencias, de tiempo vivido y compartido, de incertidumbres por las que nos lleva la vida, reflejo de una existencia condenada a buscar el equilibrio que mitigue tanta angustia.

Es admirable como en un minúsculo espacio tipográfico la autora es capaz de ordenar unas cuantas palabras para proyectar un pensamiento inabarcable. En la escritura todos empleamos las palabras, ellas son nuestro valioso instrumento para comunicar a los demás lo que sentimos, pero la diferencia está en que mientras unos recurrimos a la abundancia y desmesura, acaso fruto de nuestra imprecisión para sujetar la dimensión narrativa del lenguaje, otros, como Carmen, las seleccionan y apuran hasta usar un pequeño número y nos las muestran con la virtud de ofrecerlas con brevedad y concisión. Así son los aforismos que Carmen Canet recoge en Malabarismos, la armonía del lenguaje breve en equilibrio, un mero destello de luz que alerta los sentidos, una inesperada chispa que nos hará frenar por un instante hasta alcanzar la quietud de la reflexión.

Si con Carmen compartí esa mañana de feria el espacio de una caseta forrada de libros y los rostros expectantes, ansiosos como los de un niño, de quienes se acercaban para mirar las portadas de los libros, hasta que se atrevían a cogerlos con las manos y pasar sus hojas en busca de algún misterio inesperado, ahora compartiré con ella también estos pequeños pozos de sabiduría que son sus aforismos. Equilibrio, precisión, capacidad para hacer malabarismos con escasas palabras, pero sin renunciar a abrirnos la dimensión más insondable de nuestro universo reflexivo.

“En tiempos de crisis conviene mejor pensar en breve”, quizás esta sea la razón por la que en los tiempos que corren Carmen Canet haya reducido el pensamiento a la brevedad, que no a la trivialidad, y mucho menos a la futilidad.

lunes, 23 de mayo de 2016

SOBRE HÉROES Y TUMBAS


Ahora que ya no lo hago, añoro mis lecturas durante los trayectos en el autobús de la línea 33. La línea ha sido renombrada (ahora es la SN1) y, después de un cambio de recorrido, ha vuelto a su trazado original. Parte de Los Pinillos, pasa por Cenes y entrando por la carretera de la Sierra cruza la ciudad de Granada hasta llegar a la estación de autobuses. En esos años solía utilizarla algunos días en semana, casi siempre los martes y los viernes, aunque mi trayecto era más corto y me quedaba en La Normal. Fueron muchos los libros que leí aprovechando esos treinta minutos de viaje. Ahora que ya no tengo esa oportunidad, echo de menos ese tiempo dedicado a la lectura. Uno de aquellos libros fue Sobre Héroes y tumbas, la gran novela de Ernesto Sábato.

Esta es una novela cuya lectura afronté ya con la madurez de un lector. Recuerdo de ella la relación entre Martín y Alejandra, la extravagante familia de Alejandra y aquello de la historia de Fernando Vidal, obsesionado con que las personas ciegas (criaturas subterráneas que operaban en las sombras) formaban parte de una secta sagrada, y ese disparatado Informe sobre ciegos. La novela se construye sobre historias que siguen caminos paralelos o que se mueven en círculos concéntricos, que parecen salidas de la inspiración de William Faulkner o el propio Dostoievski. La novela navega sobre las sombras y las catacumbas del alma humana, pretendiendo dar vida a nuestros fantasmas antes que a nuestra convencional existencia.

Viví con la intensidad del curioso la relación entre Martín y Alejandra, una relación que nunca acababa de cuajar. ¿Tortuosa y atormentada?, sí, pero de enorme valor para el chico, hasta el punto de no importarle los desaires de Alejandra, quien se movía en la complejidad de su vida y parecía no tener tiempo para Martín. Alejandra estaba en una continua búsqueda personal. Para mí esa relación me inspiraría para algunas pinceladas de la relación entre Álvaro y Doina en La noche que no tenía final, pero sobre todo en la que se establecerá entre Carlos y Andrea, en la novela que tengo casi próxima a terminar. En Alejandra es fácil encontrar la disputa entre la conciencia personal y su proyección al exterior, seguramente porque su origen, proveniente de una familia de la oligarquía de Buenos Aires, le provocará un sinfín de contradicciones entre lo que desea y configura el mundo de sus ideas y la realidad de la procede y en la que se ha criado.

Sobre Héroes y tumbas es una de esas novelas que nos llevan al límite de la reflexión, capaz de hurgar en ese convencionalismo, impuesto o aprendido, que nos hace seres contemplativos de nuestra propia existencia antes que protagonistas de la misma.