martes, 9 de octubre de 2018

ORDESA



De Manuel Vilas nunca había leído nada, hasta que ha aparecido Ordesa. De este autor he escuchado y leído sobre algo de lo que tiene escrito que, aparte de mediocres, rayan la trivialidad en las argumentaciones. No obstante, evolucionamos, y a poco que nos miremos, percibimos nuestro crecimiento como narradores, y supongo que los demás también. Por eso es un error anclarnos en un texto o dos, o los que sean, de hace una década o dos para valorar a un escritor, necesitamos recorrer junto a él el camino que ha seguido y ver cómo ha ido fluyendo. Y así probablemente descubramos que la capacidad para narrar se agiganta con el paso de los años.
Leyendo Ordesa he sentido el azote de la vida. Ese vapuleo que nos proporciona de cuando en cuando. Y si el azote se prolonga, es más que probable que en nuestros textos se refleje la abominación por haber nacido en este puñetero mundo. Algo de esto es lo que le ocurre a Vilas en este registro literario marcado casi exclusivamente por lo autobiográfico. Para qué inventar una historia de la vida, si con la nuestra es suficiente para decir todo lo que necesitamos decir. Si ya tenemos bastante material con lo nuestro, si somos un producto bien elaborado por nuestras frustraciones, nuestros miedos, nuestra rabia, o estar nadando siempre en la mierda que nos rodea, para qué necesitamos más.
Relatar lo autobiográfico siempre es un gran recurso literario, pero contar la vida de uno, de la propia familia, es elevar el ejercicio de introspección hasta el desnudo total. Parece que este ejercicio literario se está poniendo de moda, aunque haya precedentes suficientes en el mundo de la literatura, pero últimamente lo hemos visto a modo de confesión irrenunciable, acaso por mala conciencia o porque resulte más fácil a la hora de pergeñar una historia. Me ocurrió algo así con Cae la ira. Y percibí que le ocurrió lo mismo a Antonio Muñoz Molina en Como la sombra que se va, cuando alterna los avatares del asesino de Martín Luther King tras asesinarlo y el relato de sus aventuras nocturnas e infidelidades.
Vilas hace esto en Ordesa, contarnos sus veleidades con el alcohol y la infidelidad, aferrándose a las vivencias y a los recuerdos de sus padres. Es como si ya no nos inspiráramos tangencialmente en lo autobiográfico, sino que lo autobiográfico se convirtiera en materia explícita de ficción. Eso es Ordesa, una meditación entre “mi razón de ser y el vínculo con mis padres”, diría Vilas si pudiéramos poner la definición de su obra en boca del propio autor.
En la novela subyace el monstruo de la supervivencia en la jungla de la vida, donde se mezclan las emociones perdidas, encontradas a destiempo, el no saber qué somos y qué hacemos aquí. En el curso de la narración, la obra está instalada en un ejercicio de delirio continuo, donde el autor busca pero nada encuentra. Es la pelea a dentelladas con la vida lo que me atrae de esta novela, que en nada se parece a una novela, o quizá sí lo sea, aunque no le haga falta. Lo que el autor pretende es simplemente desahogarse, como nos gustaría hacer a muchos de nosotros, y no lo hacemos tal vez porque no hemos encontrado ni el medio ni el momento.
En el transcurso de la obra se sucede lo inconexo, aunque percibamos que se está diciendo todo lo que Vilas quiere decir a su manera. Las reflexiones que inundan el libro, por su extravagancia, improvisación y disparatadas, a veces nos parecen insustanciales, pero no se puede eludir que en ellas apreciamos también  tintes de genialidad.
La lectura de este libro nos lleva a un ejercicio de desarraigo de la vida, de la gente, de los vecinos, de los familiares, de los modos de vida, del convencionalismo que rodea a todo los que nos rodea. Al tiempo que impulsa esta sensación de desarraigo a momentos en que pudiéramos no estar en este mundo. Vilas se mueve siempre en la agonía de pensar que en cualquier momento puede dejar de estar en este mundo, y lo traslada a todo, sea efímero o insustancial.
En Ordesa, el autor se muestra obsesionado con la muerte, quizá porque en la muerte, entendida para él como una liberación y remedio de todos los males, sabe que puede volver a estar con sus padres. Él cree que nuestra esencia de seres humanos no es más que el reflejo inequívoco de aquellos seres humanos de los que venimos. Mueres y ya no estás, pero es posible que sí estés en muchos recuerdos, en gestos, en los objetos que tus padres acariciaron un día. Para él, sus padres son el espejo, como supongo nos ocurriría a nosotros si nos buscáramos inmersos en una situación de desesperación existencial como la que él refleja en la novela. A veces, el autor detesta lo que hacen o han hecho su padre y su madre, pero inevitablemente es hacia ellos adonde camina en toda la obra.
Ordesa es de esos libros que no te dejan descansar lo suficiente como para que la lectura encuentre un remanso de calma. Se mantiene viva la llama de la desazón. La acritud del narrador, que a veces lanza sobre el más mínimo detalle, sea casero o sublime, tampoco descansa. Las ‘verdades’ las cuenta con violencia y desesperante brusquedad, en ocasiones con una agresividad insoportable, incluso desdeñosa, que lleva a la lectura a una intensidad inagotable.
Es en este registro de narración hosca donde el lector queda embaucado. Vilas se olvida de la finura en el decir para centrarse en la fuerza del decir de las palabras y las expresiones que ahondan con mordacidad en las entrañas de la vida. Y es este el recurso que utiliza, consciente o inconscientemente, donde se alía con el lector, aunque a ratos la narración se nos muestre confusa y reiterativa en ideas y reflexiones.
Un libro para que no te quedes indiferente.

viernes, 10 de agosto de 2018

QUEBRADA EN EL GRAN NORTE



Siendo niños nos solían fascinar las películas del oeste. Los que éramos 'chicos de barrio' asistíamos a aquellas sesiones dobles para pasar la tarde viendo un par de películas del oeste. Nos agitábamos en las butacas ante los malvados rostros de los malos o el ataque de los indios a una caravana, y pateábamos la tarima de madera del suelo cuando aparecían los buenos, en su papel de salvadores, o la caballería a toque de corneta. A estos recuerdos me ha llevado la lectura de Quebrada en el Gran Norte, la última novela de Ángel Fábregas (1963) que, aunque no se trate de una obra que relate la trama de una película del oeste, sí tiene mucho que ver con el contacto de los españoles con las tribus indias en la fluctuante frontera norte de la América Hispánica. Aquellos mismos indios de las películas americanas (apaches, comanches...) fueron los que unas décadas antes, previas a la independencia de Nueva España, se relacionaban con los pobladores españoles asentados en las ciudades y poblados que hoy se sitúan al sur de Estados Unidos.
Ángel Fábregas, novelista nacido en Granada, publicó en 2015 la novela Sulayr, dame cobijo y se embarcó en 2017, como responsable y prologuista, en el proyecto “Granada imaginaria”, editado por el periódico Ideal.
Quebrada en el Gran Norte es un fastuoso texto que articula una soberbia historia sobre un periodo de la historia de España, finales del siglo XVIII e inicios del XIX, incardinado, allende los mares, en tierras de la América Hispánica, en el territorio fronterizo de Nueva España con los espacios ignotos de América del Norte, donde se situaba entre inestable y peligrosa la última frontera del imperio español. Era el territorio habitado por numerosas naciones indias: apaches, comanches, navajos, yutas, pananas..., ambicionado asimismo por los ingleses, primero, y el nuevo país surgido de las Trece Colonias, EEUU, a lo largo del siglo XIX en su afán expansionista hacia el oeste.
Quebrada en el Gran Norte es el relato de Rodrigo Úbeda a modo de confesión en sus últimos días de vida. El protagonista, descendiente de judíos de Granada emigrados a estas tierras, va entretejiendo trazos de su propia existencia desde su nacimiento y primera infancia en Granada hasta su asentamiento en distintas ciudades de la Nueva España. En estos recuerdos, Rodrigo tendrá muy presente a su madre, una mujer con fuertes convicciones religiosas que nunca renunció a sus secretas prácticas litúrgicas judías, aunque supusieran para la familia tener ojo avizor a la Santa Inquisición, incluso en tierras americanas. La actividad del Santo Oficio estaba todavía en pleno auge y no sería abolido hasta las Cortes de Cádiz de 1812, aunque perviviendo en los periodos absolutistas del reinado de Fernando VII, para ser derogado definitivamente en 1834.
En la novela son varios los temas a destacar: el amor con la joven Inés Romero, rescatada del seno de los comanches, los procesos de cristianización de los indios, las tumultuosas relaciones entre españoles y naciones indias que dieron pie a sanguinarios enfrentamientos, pero también a acuerdos de paz, desacuerdos, rebeldías, sometimientos, confrontación de mentalidades y costumbres, ya a intercambios culturales. Asimismo en la novela encontramos la irrupción de enfermedades, fundamentalmente la viruela, que diezmaron a las poblaciones aborígenes, a veces derrotadas más por la acción de los virus que por las armas de los conquistadores.
Estamos frente a un texto de gran riqueza en expresiones de la época, capaz de imbuirnos en la atmósfera histórica de aquel tiempo. Al tiempo que el relato de Rodrigo Úbeda nos descubre a pueblos, tribus, naciones indias..., que se van sucediendo en la novela para ilustración y conocimiento del lector. En la búsqueda de ese objetivo, la obra roza lo épico, a semejanza de aquellos relatos sobre grandes aventuras que recreaban las expediciones de Amundsen o Scott a la Antártida o de Francisco de Orellana adentrándose en el más inhóspito Amazonas, o los que versaban sobre las incursiones en las inescrutables aguas de los ríos africanos o las tierras altas del continente rojo.
Con lenguaje cuidado, adaptado a las formas expresivas, vocabulario o a los giros verbales que se utilizaban en el siglo XVIII, leyendo las páginas de esta novela tiene uno la sensación de tener delante un documento de la época. El vocabulario utilizado, por otra parte, hace gala de precisión y pertinencia para trasladar al lector al conocimiento de aquel momento histórico. Al final del libro existe un oportuno glosario para aclarar muchos de los términos utilizados.
Quebrada en el Gran Norte es, por otro lado, un testimonio histórico de esta parte de la conquista española de América. Describe no solo tribus, grupos étnicos, costumbres..., también, en ocasiones, por las encomiendas que le hacen los distintos gobernadores, Rodrigo entrará en una simbiosis cultural con aquellos pobladores, realzando el entendimiento que alcanza con ellos. Su buena sintonía, en momentos no exenta de una valiosa empatía, le llevará incluso a allanar las relaciones con las tribus más díscolas: apaches y comanches, y dirá: “Hasta con estos contumaces me entendí algunas veces”. Incluso más que lo hicieran los propios frailes, obsesionados como estaban en su tarea de pescar almas.
En algún momento, el protagonista en estos contactos con los indígenas se desenvuelve movido de un sentido antropológico: conocimiento de sus vidas, costumbres, modo de interpretar el mundo..., curioseando a los hombres y a las mujeres de toda edad, el modo en que criaban los caballos o jugaban con un palo y una pelota de trapo o pellejo.
El capítulo “Gran Norte”, donde Rodrigo y Juan José siguen los pasos del huido Gonzalo, es un alarde antropológico, al adentrarse en la vida de los comanches, de sus contactos íntimos con los caballos o de sus historias de pueblo que miraba a las montañas del norte, origen de esta nación y orgullo ancestral. Y en ese caminar tras el chico, se adentrarían en tierras de la América del Norte, donde conocerán a más pueblos y a más naciones.
El relato de Rodrigo Úbeda representa esa mirada al pasado, a veces amarga, cuando los recuerdos se amontonan en la vejez. En sus reflexiones, con una vida ya marcada por los pasos del escepticismo, expresará su desconfianza hacia los gobiernos y las patrias:
Como fieis de lo que suponga el gobierno, sea de España o de México, mejor dormirse. Nadie nos dará nada. A mí igual me viene por lo que me resta. Nunca me dio nada ninguna de esas patrias, sólo la tierra y los ríos me dieron. He sido del camino, no tuve más raíz. Creo en mis brazos y en mis piernas; el horizonte corre más allá de donde alcanza la vista... Esta atierra nos tornó de esa manera tan bella. Encontré mi patria verdadera y a los dioses que no tenía en estos caminos...” (p. 221).
La dureza de aquella vida en contacto con tanta crueldad, utilizando la fuerza y la represión como armas de sometimiento, convertirá la pr esencia en aquellas tierras en una odisea en el fin del mundo. El malestar de los funcionarios reales era patente: “Les agriaba el carácter saberse en el fin del mundo y maldecían su suerte”.
Ángel Fábregas consigue con Quebrada en el Gran Norte rescatar trazos de la existencia de los españoles en unas tierras tan lejanas a la metrópoli, que habitualmente ha pasado desapercibida para el conocimiento de la presencia española en estas tierras de América del Norte. La novela, en este sentido, con una base documental importante, se convierte así en un texto muy ilustrativo para aproximarse a ese conocimiento de la historia de España.

martes, 31 de julio de 2018

LUCIÉRNAGAS



El resurgir contemporáneo del aforismo*

ANTONIO LARA RAMOS
Escritor, novelista y ensayista (Granada-España)

Carmen Canet
Luciérnagas
Editorial Renacimiento, 2018


Por las manos de Ángela y de Inés la luciérnaga de aquel verano caminaba confiada. De una a otra se pasaba sin advertir peligro alguno. Años hacía que no se veían en el jardín. Dicen que los tiempos las están aniquilando, acaso por la desidia y el malfacer de los hombres, el mismo que acabará también con este mundo a poco que no se esmere.
Luciérnagas de Carmen Canet (Almería, 1955) nunca se extinguirá, la luz que irradian sus aforismos sirve para iluminar la vida y a los hombres, la sola existencia de estos siempre la mantendrá activa como ese foco al que dirigir la mirada en tiempos confusos. En este pequeño libro de la prestigiosa colección “A la Mínima” de la editorial Renacimiento, adaptado en su formato a las exigencias minimalistas del aforismo, el pensamiento de la autora cobra vitalidad en dosis comprimidas. Al igual que los diminutos lampíridos, donde las hembras iluminan parte de su abdomen para atraer a los machos, Luciérnagas alumbra la reflexión a la espera de que en ella fecunde una propuesta reflexiva capaz de salvar al ser humano de la testarudez que tanto lo idiotiza.
Carmen Canet es profesora, crítica literaria y una de las más destacadas aforistas del panorama literario español. De dilatada trayectoria en la crítica literaria, sus reseñas en distintas revistas y periódicos son incontables. Como aforista tiene publicado Malabarismos (Valparaíso, 2016) y el volumen que nos ocupa. Asimismo ha editado Él mide las palabras y me tiende la mano. Aforismos en la obra de Luis García Montero (2017). También ha sido incluida en las antologías Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy (2017) y Concisos. Aforistas españoles contemporáneos (2017). 
Pasajes, paseos, pasos, paisajes, son los entornos por donde camina en sus recorridos aforísticos Carmen Canet. En un caminar libre, sin limitaciones ni encasillamientos, sin las restricciones que pudieran aparecer al referirse, en una suerte de frases breves y ágiles, a los temores y las incertidumbres que nos acechan. Porque Carmen denota ser un espíritu libre, donde la vida, el amor, los instantes o el arte son los escenarios en los que actúa, gesticula, reflexiona, piensa.
Los aforismos de Carmen Canet tienen una impronta que los eleva desde el pensamiento filosófico hasta el reflexivo, desde la sugestión hasta la sátira y el sarcasmo, incluso hasta alcanzar en algunos de ellos cierta categoría metaliteraria. Ella misma se ve en ese papel cuando dice: “Los aforistas son como mineros, extraen los metales nobles de la vida”. Nada impide que el ímpetu que parece caracterizar a sus sentencias no terminen provocando la cavilación del lector. Van más allá de ese conjunto de letras reducido que lo componen, y como buenos aforismos no concluyen en sí mismos.
Carmen Canet nos presenta la propuesta de Luciérnagas dividida en cuatro entornos (Pasajes de vida, Paseos con amor, Pasos cortos y Paisajes con arte), y me atrevería a decir que los camina todos sin hacer distinciones ni separaciones en las ideas que pretende expresar. En todos ellos es la vida, la cotidianidad, los sentimientos o el amor lo que está presente. Al mismo tiempo no falta en ellos el compromiso de su autora con los tiempos que nos han tocado vivir cuando dice: “Le daban patriarcadas de tanta injusticia y tan poca igualdad”.
La lectura de los aforismos de Carmen consigue el efecto de que explosionen en nuestra mente, al tiempo que removiendo las neuronas con tanto vigor para que desde la reflexión nos invite a la discrepancia, la incertidumbre o la duda. Sus aforismos tienen la fuerza suficiente de convertir al lector en protagonista de la continuidad que sigue al ofrecimiento imaginativo y profundo de la autora sobre las cosas que nos pasan en el vivir: “El aforismo es un pasillo estrecho que luego nuestra mente ensancha”.
La impronta hiperbreve que apreciamos en algunos de ellos, con momentos en que se intuye una escritura de urgencia, tampoco es óbice para estimular en nosotros las emociones a través de esas fracturas del pensamiento que siempre dejamos abiertas: “Los espejos son fieles aunque, a veces, nos gustarían que nos engañaran”; o la ternura: “Cuando la piel está bien acariciada, tiene eco”. Como asimismo la intención de despertar una sonrisa: “A cierta edad algunas cosas están menos firmes, pero están más relajadas”.
Cabe tanto en tan poco: “El aforismo es un diminutivo aumentativo”, que Luciérnagas se convierte en una obra capaz de proporcionarnos tanta luz como si se tratara de grandes silencios o de grandes conversaciones.
* Reseña publicada en Álabe. Revista de la Red Internacional de Universidades Lectoras, nº 18, julio-diciembre, 2018

viernes, 6 de abril de 2018

CAE LA IRA



Hace unos cuantos años me contaron tres historias ocurridas en los años cuarenta del siglo XX en el pueblo de Noalejo (Jaén). Esas tres historias, que tenían que ver con las rencillas políticas que se desataron al finalizar la guerra civil entre los que aspiraban a hacerse con el poder municipal, las represalias sobre los vencidos y las penurias económicas padecidas por la población que propiciaron un aumento extraordinario de la práctica del estraperlo, son ahora las que me han servido para escribir Cae la ira.
Las tres historias se entrecruzan, tiene puntos de confluencia, de modo que es como si estuviéramos ante una sola historia. Porque las vidas que las protagonizan son al fin y al cabo las mismas, de un modo u otro, y aunque uno no sea protagonista de alguna de ellas, finalmente sí es espectador de la misma y termina haciéndola suya y depositándola en el acervo personal de los recuerdos.
Todo ocurrió finalizada la guerra civil. Si la guerra había desatado la irracionalidad y la ira entre españoles, a su conclusión, antes que acabar con ello, los dramas se alargaron durante bastante tiempo. El odio y la venganza marcaron las represalias de los vencedores hacia los vencidos. Los años de posguerra sumieron a la población española en una situación triste, plagada de privaciones y miseria.
En Cae la ira, a través de la mirada de un niño, me aproximo a esos difíciles años. Las vivencias que forjaron la niñez del protagonista en su pueblo natal nos desvelarán dos sucesos que impactaron en su inocencia: el asesinato del alcalde de la población a manos de un clan rival y las espurias maquinaciones que truncaron el anhelo de su hermano mayor por llegar a ser guardia civil.
Apoyado en esta visión del mundo de este testigo privilegiado, capaz de conjugar lo real y lo irreal en una misma dimensión, esta novela permitirá observar la desgarradora existencia de unas personas sometidas a las calamidades de la época, auténticos héroes de su propia subsistencia, al tiempo que nos revelará la épica y la dignidad con que afrontaron los rigores de aquel tiempo. Historias de gente sencilla que son parte de esas vidas individuales, sin las cuales no es posible construir ningún pasado.

viernes, 2 de febrero de 2018

EL ABRAZO CONTRARIO

Con el “Frontispicio para El abrazo contrario, de Rafael Saravia, pudo ser texto ecuánime pero no había con qué”, Antonio Gamoneda nos inicia en la lectura del poemario El abrazo contrario (Bartleby, 2017). Así arranca Gamoneda:
“Señorías:
Las familias, semanalmente, juntan las uñas en racimos coléricos. Juntan uñas y deudas; cada uña con su cólera, cada cólera con su deuda; la contractiva, la alimentaria o la inclemente del inquilinato.”
Tuve la oportunidad de asistir a la presentación de El abrazo contrario en la librería Picasso de Granada. La oportunidad de escuchar en la voz del poeta algunos de los poemas nominados e innominados, titulados y no titulados, que conforman este poemario lleno de versos cargados de belleza, con un enorme sentido poético y la búsqueda incesante de la armonía de las palabras.
El abrazo contrario está compuesto de tres propuestas: Barrios de sal, Tejer fronteras y Derramas de luz, donde se mezclan sentimientos, dudas, sarcasmos, quiebras, alegrías, y también paz, calma y sosiego en nuestra relación con la vida y con lo que nos rodea. La primera, “Barrios de sal”, está construida con un sentido más político y contestatario, con un sentido más reivindicativo. En “Tener fronteras”, el amor es el protagonista en toda su extensión, como pilar fundamental que sustenta la existencia del ser humano. La tercera, “Derramas de luz”, nos introduce en la búsqueda del yo, en nuestra tendencia a traspasar más allá del espejo que refleja nuestra imagen.

Dejo aquí una muestra de la fuerza expresiva que se aprecia en la poesía de Rafael Saravia:
VI
Sostén la tierra entre tus dientes.
Guarda si es preciso su misterio entre las uñas, así,
entre hebras untadas de lágrimas no reconocidas.

Revelarás entonces la gracia.
El lugar donde el ego repone energía,
las tremendas necesidades del sexo y sus tambores…

Revelará sin temor los juegos que te hacen digna del esfuerzo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

EL JUEGO DE LA ASFIXIA


Jugar con la vida hasta la asfixia, viajar al interior de uno mismo como búsqueda, eso es lo que se siente con la lectura de El juego de la asfixia, la novela la Bernardo Claros, que recientemente tuve el honor de presentar en la Feria del Libro de Granada, 2017.
En las páginas de esta novela, el autor construye la historia de un profesor de instituto que, ante la muerte de uno de sus alumnos como consecuencia de un supuesto caso de acoso escolar, entiende que debe indagar más allá de la versión oficial que, a duras penas, explica el fatal desenlace. Quizás el acoso no sea la única razón de su muerte, pero el alumno lo sufre, y eso lleva al autor a recordarnos los casos de otros chicos que terminaron en tragedia: Carlos, Jokin, Arancha, Diego, Nicolás, Adrián, etc.
La implicación en los problemas de los demás es una especie de terapia para redimir culpas propias o episodios frustrados de nuestra vida. Eso es lo que se intuye en la investigación que abre este profesor de Geografía e Historia en su afán personal, frente al entorno que se lo reprocha, por esclarecer lo que realmente le ocurrió a Ismael.
El cúmulo de contrariedades que giran alrededor del protagonista en El juego de la asfixia nos lleva a preguntarnos si acaso el problema está en él y, por ese motivo, cada una de las parcelas de su vida coge derroteros de fracaso. Pero él se opone a eso y se empecina que cambiar el mundo que lo rodea, como si estuviera desajustado. Ni siquiera cuando trata de volver a sus ancestros encuentra la paz que un día se le quebró o, quizás, la que nunca tuvo y desde siempre ansió conquistar.
Los escenarios principales en los que se desenvuelve la historia, el instituto y el hogar,  es todo lo que le queda, pero tampoco le son propicios. Ni siquiera cuando intenta alejarse de ellos en busca de respuestas es capaz de escapar a la asfixia que lo persigue, como si se tratara de un estigma irreparable.
En esta novela encontraremos un discurso que pretende dirigir nuestra mirada a las graves distorsiones del sistema y de los seres humanos: el acoso escolar, el ejercicio entre pusilánime y despótico del poder, la ausencia de compromiso ante los problemas, la insolidaridad, la huida de la vida de los demás o ese no querer meternos en líos. Nadie quiere saber nada. Se habla de violencia en las aulas, de la agresión a un profesor… y, sin embargo, ello nos lleva a preguntarnos por la responsabilidad de la sociedad en todo ello.
El otro gran espacio vital sobre el que gira El juego de la asfixia es el deterioro de las relaciones de pareja: ausencia de diálogo y falta de complicidad. Esta relación marca la pauta existencial de este profesor. Y, no obstante, se intuye que todos los problemas que lo acucian es como si fueran parte de un único problema: su yo. Ni siquiera le dará resultado el intento de exterminar las cucarachas de la casa que comparte con Sara.
La historia está narrada en tono reflexivo y envolvente, en ocasiones obsesivo por parte del protagonista, a veces intimista. El proceso narrativo se construye con dos historias paralelas: la de pareja y la del ámbito profesional, para concluir uniéndose ambas, en la buena lógica por la simbiosis que se produce de lo que somos dentro de nosotros. No resulta fácil parcelar lo que es el ser humano, toda la vida está cruzada de realidades entrelazadas.
El lenguaje utilizado en la novela, cuidado y riguroso, tiene el suficiente vigor para hacer su lectura amena y convincente. De lectura fácil, desde aquí creemos que su lectura no dejará indiferente al lector.

miércoles, 22 de marzo de 2017

PATRIA


En el camino de mi próxima novela me he encontrado con Patria, la novela de Fernando Aramburu. El País Vasco y la realidad social y política de los últimos cuarenta años es el contexto donde se desenvuelve esta historia de dos familias que pasaron de la amistad profunda a la enemistad manifiesta. El terrorismo, como telón de fondo, es el eje sobre el que pivotan las relaciones de sus protagonistas.
En mi caso, el proyecto de escribir una novela que tuviera como marco el País Vasco arrancó allá por el año 2011. Mis distintos viajes a Vitoria y Mondragón se fueron llenando de experiencias personales y reflexiones sobre lo que me inspiraba aquella tierra. Este cúmulo de pensamientos y percepciones fue persuadiéndome de que tenía una historia que contar.
Los autores solemos vivir aislados, cada uno con su proyecto, ensimismados en la historia que nos bulle y rebulle en la cabeza. Así es este trabajo ermitaño de creación. Cuando el proceso de creación está en marcha, solo nos atrevemos a desvelar en alguna ocasión pinceladas de lo que estamos escribiendo, como si fuera parte de la necesidad de verbalizar lo que se mueve por la mente y se va reflejando en el papel. Por eso, cuando la novela Patria fue publicada, en septiembre de 2016, encontré que mi novela tenía una pareja de baile, desconocida hasta entonces. Después he tenido oportunidad de leerla. Aquí os dejo una parte de mis impresiones.
La novela de Fernando Aramburu, aparte del placer de su lectura, me ha supuesto una lección magistral de cómo abordar una historia donde se entrecruzan tantos sentimientos contradictorios, que afectan a múltiples sensibilidades, asentadas tanto en la tierra como en sus gentes. En Patria, la atmósfera de los años de sangre y horror, de miedo contagiado a fuerza de amenazas y miradas inquisitivas, alcanza momentos sublimes. Era aquel tiempo en que las vidas estaban atrapadas en un entramado de relaciones propiciado por un ambiente de asfixia social. Ser señalado por el terror era el peor castigo que te podía caer. Quedar bajo ese yugo era ser golpeado por la desgracia; y lo menos grave podía ser: quedar marginado socialmente.
La presencia de ETA en todo este tiempo, junto a la izquierda abertzale que la respaldaba  socialmente y la sostenía en las urnas, justificando cada acción terrorista, hicieron del territorio vasco un espacio en el que para muchos resultó imposible vivir. ETA, a través de sus sicarios, decidían los objetivos, sobre ellos caía la desgracia, sobre la que ya no cabía discusión.
Los personajes de Patria, movidos muchas veces por sentimientos muy primarios, nos desvelan la carga ideológica y de fanatismo del terrorismo. Sin grandes alardes de reflexión metafísica, vemos cómo son capaces de renunciar a su vida, a la amistad, a compartir una merienda o a mirarse a los ojos. Fácilmente quedan atrapados por actitudes fanáticas, capaces de anular al ser humano. Sin reflexión alguna, sostienen y defienden consignas, que seguramente no considerarían en un contexto diferente, donde el valor del ser humano se respetara.
El lenguaje cortante, austero, directo y contundente, sin muchas concesiones, que deambula por la novela, no es solo el reflejo de una manera de hablar, es la consecuencia de la amargura instalada en la vida de cada personaje. Miren y Bittori, ese tosco escepticismo, reflejan esa aflicción que había caído sobre ellas, por distintos motivos, pero de la que no sabían, o no querían, despojarse. Un sufrimiento impuesto, de consecuencias fatales para sus vidas: la amistad rota, a la que tuvieron que renunciar forzadas por la ingratitud impuesta desde el entorno.
Patria aproxima al lector a esa realidad a través de la seducción. El relato está lleno de magia verbal, con formas sencillas de decir lo que se quiere decir. La historia está llena de referencias a la gente, acudiendo a sus comportamientos, y nos permite, a través de ellos, reconocer cómo fue la vida de esos años en Euskadi. Los personajes son variados, al tiempo que tan sencillos como potentes, sobre todo los femeninos, magistral reflejo  del papel que juega el matriarcado en la sociedad vasca.
En la novela, las vidas discurren, van y vienen, del pasado al presente, del presente al pasado, porque todo es parte de la misma sinrazón que se impuso durante decenios. No importan los saltos en el tiempo a que nos lleva el autor, ni el nicho vital de cada personaje, el lector queda imbuido por la avidez de saber hacia donde discurren los acontecimientos que, aunque conocidos, le hacen interesarse por saber en qué medida afectaron a los personajes.
El tema que aborda esta novela de Fernando Aramburu es tan sugerente como necesario. Afrontarlo desde la literatura es otra manera de contribuir al necesario clima de paz, al que solo se llegará si somos capaces de encontrar respuestas que nos permitan explicar en qué consistieron tanto los desajustes sociales, como los dramas personales. Estamos, sin duda, ante una obra que no defraudará al lector y que desde aquí la consideramos de lectura imprescindible.