lunes, 26 de diciembre de 2016

EL AZAR Y VICEVERSA


La figura del antihéroe se ha prodigado en la historia de nuestra literatura como la mejor manera de retratar las realidades humanas y sociales de cada época. En El azar y viceversa, la novela de Felipe Benítez Reyes, esta figura, personificada en el roteño Antonio Jesús Escribano Rangel, ha eclosionado en el panorama literario actual con una fuerza como hacía tiempo no ocurría. Incluso, me atrevería a decir, desde que Juan Marsé, en  Últimas tardes con Teresa, nos trajo a Pijoaparte de Ronda hasta el barrio del Carmelo y le abrió las puertas del barrio de San Gervasio, en aquella Barcelona de los sesenta del siglo pasado, para que soñara en su delirio.

Benítez Reyes nos presenta a un Antonio ausente de la conciencia de lo que Jacques Monod entendía acerca del hombre en El azar y la necesidad, aquello de que estaba solo en la inmensidad indiferente del universo y que su destino no estaba escrito en ninguna parte. O quizás sí, pues el joven Rangel, desde su niñez en la Rota tardofranquista y de soldadesca americana, se dejara llevar sin rumbo definido y por un camino plagado de curvas, consciente de que en la vida ni “existen los ciclos” y “nada se cierra”.

El antihéroe por excelencia es el pícaro de la decadente España de la Edad Moderna. Es, sin duda, la figura de nuestra literatura que mejor explica los fenómenos del hombre en esa manera de vivir que tiene en sociedad. Cuando la necesidad apretaba, que era casi a cada minuto, aguzaba el ingenio para llenar lo más crucial: la barriga y, de camino, sobrevivir salvando el pellejo. En los años sesenta y setenta del siglo pasado es posible que cualquier antihéroe se debatiera más en cuestiones metafísicas o de posición social. Hoy, el pícaro se viste y se mueve de otro modo, ya no tiene la urgencia de tener que rebuscar un mendrugo de pan, su mayor aspiración tiene que ver con el lujo, con la ostentación de lo suntuario, acaso con acertar en cualquier estafa o fraude que se le ponga a tiro.

El Rányer de El azar y viceversa sólo aspira a sobrevivir, a encontrar el mejor acomodo que cubra sus necesidades, sin menospreciar ese coqueteo con el ensueño sicodélico de aquel tiempo (no obstante, dejándose más bien arrastrar por ello, que impulsado por su propio entusiasmo), sin alardear nunca de mayores aspiraciones, ni siquiera cuando se le presenta la gran oportunidad del Tunecino, aunque como Padilla, primero, y Jesús, después, no negará que, sin herederos su jefe, él podría ser quien heredase el negocio del trapicheo que parecía tan acorde a su condición y modo de vida. El Rányer es un auténtico buscavidas que, tal vez por necesidad de quedar en paz consigo mismo, gusta ir narrando esa vida azarosa, llena de avatares, pero que tampoco despertará el entusiasmo de su protagonista. Una vida, que a lo que parece, es incapaz de tener futuro y, si me apuran, ni hasta presente. Al final se convierte (o lo convierten) en Toni, y esa pusilanimidad que no oculta hará que sea su mujer la que se encargue de comprarle la ropa y más cosas, para concluir diciendo que “a todo se acostumbra uno”, incluso a que le organicen su vida.

Como buen antihéroe, Rangel, el Rányer, Jesús o Toni, como le marca cada etapa de su vida, ni siquiera se detiene en los grandes acontecimientos de su tiempo, esos que cambiaron la historia de este país en los setenta y los ochenta, cuando moría el dictador y se pasaba de la dictadura a la democracia, cuando se aprobaba la Constitución del 78 o se celebraban elecciones, o cuando el socialismo volvía a gobernar cuatro décadas después. Tanto es así, que casi se pierde, absorto en su realidad, el golpe de Estado del 23-F, y sólo se entera porque se lo hacen saber antes de irse a dormir, después de haber caminado sin rumbo por las calles de Sevilla, estirando un paseo que no le llevaba a ninguna parte. Acaso porque los antihéroes sólo se fijan en la supervivencia de su espíritu mediocre y apocado, y no se engalanan con las obras sublimes de los hombres más que para encontrar un pedazo de quimera que sustente su presente.

El lenguaje utilizado por el autor en El azar y viceversa está sumamente cuidado, precisamente por el desenfado con que se manifiesta el protagonista, hasta hacerlo un poco crudo y pérfido, unas veces, coloquial, otras, pero siempre culto y provisto de una gran fuerza narrativa. Sin duda, la cuidada escritura de Benítez Reyes nos ayuda a comprender las incongruencias y los desatinos que acechan a Antonio Jesús Escribano Rangel en esa trayectoria vital de aventuras y desventuras, en esos avatares que terminan siempre frustrándole su porvenir, pero que, haciendo bueno el adagio de que aprietan pero no ahogan, ofrecen siempre una solución, precaria o no, a ese deambular que a veces resulta tan agónico. Son tantas las contradicciones con las que convive, y tan pocas las certezas que lo asaltan, que es fácil saber que cualquiera de nosotros podríamos haber sido un Rangel cuando también fuimos adolescentes y jóvenes adultos en aquellos años de los setenta y los ochenta del siglo pasado.

Una lectura más que recomendable: imprescindible en el panorama literario actual.

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