sábado, 23 de abril de 2016

RINCONETE Y CORTADILLO


Muchas de mis lecturas juveniles vinieron determinadas por las recomendaciones que nos hicieron los profesores de Lengua y Literatura. Cada periodo histórico tenía sus lecturas, el que despertó más mi curiosidad fue el Siglo de Oro. Entre tanta buena literatura y grandes autores, la novela picaresca excitó mi curiosidad, y la del grupo de compañeros con el que yo más me relacionaba, por descubrir aquella especie de submundo de gentes sumidas en la miseria que se afanaban en sobrevivir, frente a lo que era esa especie de ‘espuma de los hechos’ de los grandes acontecimientos a que se refería Braudel al hablar  de la Historia. La literatura siempre nos colma con historias donde se abordan los grandes temas del amor, el poder…, pero cada tiempo histórico nos trae temas propios, y en el siglo XVII fueron las historias de pícaros las que así lo demandaba.

Por entonces recuerdo que leí las aventuras y desventuras de Lázaro, Pablo, Justina o las de Pedro del Rincón y Diego Cortado. Todas ellas me fascinaron y vinieron a descubrirme otras facetas de la vida de una España en crisis permanente y sumida en la miseria, que no me llegaban con los relatos de reyes, nobles, catolicismo o guerras y tratados, ni con otras obras literarias que ahondaban en otras miserias humanas, quizás más complejas para entenderlas a través de la comprensión de un adolescente.

En aquel tiempo, Miguel de Cervantes nos dejó la gran joya de la literatura universal: Don Quijote de la Mancha, pero no fue lo único, hubo otras muchas obras que, aunque de menor entidad, son de una calidad extraordinaria. Entre ellas, esas llamadas Novelas ejemplares de variopinta temática. A un adolescente como yo la novela picaresca, casi siempre protagonizada por niños o jóvenes, me atrajo. Rinconete y Cortadillo fue una de esas novelas de Miguel de Cervantes (tan cortitas en extensión que no asustaban como otros ‘tochos’ pródigos en páginas) que me despertó la interés por saber de qué iba la historia de dos tipos que afrontaban el reto más primario de la vida: meterte a diario un bocado en la boca. No eran tipos de aspiraciones enjundiosas, a diferencia de los hidalgos venidos a menos que mantenían la impostura de la apariencia social, cuando no la soberbia, se trataba de individuos que no escondían sus miserias ni defectos porque en ellos sólo primaba la aspiración por tener una vida que les proporcionara el sustento.

Aquellas vidas llenas de infortunios fueron un descubrimiento colosal, las cosas que les pasaban, o todo lo que eran capaces de inventar para sobrevivir, me fascinaba. Se convertían en una especie de ‘antihéroes’ que, aunque no estuvieran dotados de grandes ideales, al menos a través de sus lances denunciaban realidades sociales plenas de injusticias y desigualdades. Rincón y Cortado tenían una edad similar a la mía en el tiempo que leí sus desdichas, era como mirar por una ventana y ver lo que les ocurría a dos jóvenes como yo o mis amigos en un tiempo tan diferente al que vivíamos nosotros.

La España del siglo XVII fue la que soportó la caída de un imperio, cada vez peor gestionado y más obsesionado por mantenerse, y como todos estos periodos decadentes de la Historia extendió tantas miserias y privaciones que la literatura encontró un filón donde construir muchos de sus relatos. La miseria estaba extendida por todo el territorio nacional, pero Sevilla, que era la puerta de América por donde entraba la riqueza que España era incapaz de producir, se convirtió en una ciudad anhelo de los que creían que podrían encontrar en ella alguna oportunidad y las migajas que se desprendieran de tanto tránsito y mercadeo de productos. Esta ciudad se convirtió en el lugar propicio para acaso encontrar ‘algo’, y a ella se dirigieron nuestro Rincón y Cortado para ver si les llegaba la oportunidad también a ellos. La triste realidad es que por su puerto entraban galeones provenientes de América cargados de riquezas, pero en poco repercutían en la población allí asentada o del resto del territorio nacional, porque el destino lo tenían hipotecado: la devolución de monstruosos préstamos a los grandes banqueros europeos, sobre todo, y otros gastos en campañas militares. Si leemos la obra de Earl J. Hamilton, El tesoro americano y la revolución de los precios en España 1501-1650, o La Sevilla del siglo XVII de Antonio Domínguez Ortiz, podremos saber un poco más de esto.

Ahora que también vivimos un tiempo de pillos y granujas, nos vienen como anillo al dedo aquellas historias que se cuentan en la novela picaresca española, y especialmente este Rinconete y Cortadillo. Aquellos buscavidas los tenemos ahora, no en los estratos más populares y míseros de la sociedad del siglo XVII, sino en la órbita del poder y en su entorno de bambalinas de la España del siglo XXI. Aquí es donde encontramos no a un único Monipodio, sino a cientos de ‘monipodios’ que han deshonrado y mancillado la vida política y social de nuestro país. Aquellos pícaros cometían sus tropelías en una España decadente y de miseria generalizada, los de ahora las cometen en una España ‘moderna y aseada’, pero engolfados en la avaricia y la impudicia.

Hoy que es 23 de abril, y en el mundo de las Letras recordamos a la figura de Miguel de Cervantes, he querido traer a la memoria de este ‘Mi espacio literario’ las sensaciones que me produjo en aquellos años de bachillerato leer a Cervantes, no sólo su Quijote, también algunas otras de sus obras, especialmente esta de Rinconete y Cortadillo, que con tanta curiosidad devoré después de haber leído a Lázaro de Tormes.

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