viernes, 30 de diciembre de 2011

Una parada en la plaza de los Aljibes

Matilde, ensimismada, contempla Granada desde la plaza de los Aljibes:

"La mañana avanza y sin casi darse cuenta está en la Puerta del Vino. El número de personas que por este sitio se va acumulando es mayor a medida que pasan los minutos. Turistas de todas las nacionalidades pululan frente al palacio de Carlos V a la espera de acceder al recinto palaciego. Matilde ya no se encuentra tan cómoda como en las primeras horas del día. Deambula por la plaza de los Aljibes hasta aproximarse a los miradores que invitan a contemplar el río Darro, el Albaicín (otro barrio al que tendrá que dedicar un paseo) y el Sacromonte. ¡Qué inteligentes fueron estos árabes para buscar el emplazamiento de su mejor obra! Allí permanece largo rato frente a una de las estampas de Granada que ha llevado impresa en la mente durante el exilio. Ensimismada con el espectáculo no advierte la llegada de un grupo de jóvenes: son seis chicos, y uno de ellos porta una guitarra. Sin protocolo alguno, ni siquiera para fijarse en lo que ella absorbe a través de sus ojos, despliegan un animado coro en derredor del que atusa con cierta habilidad las cuerdas de la guitarra, canturrean varias canciones, que ella reconoce de los Beatles, Joan Baez o Serrat, y otras de aire tunero y de entronque local. Uno de ellos no canta, se entretiene pergeñando siluetas y dibujos a lápiz sobre un bloc de láminas blancas. Matilde escucha con deleite y atención aquel sonido agradable y armonioso, entre tanto una ligera brisa acaricia su delicada piel y sus ojos no se apartan de la panorámica que la ha traído a dicho lugar. Pasadas unas cuantas melodías se dirige al grupo:
—¿Sois capaces de cantar «Granada» de Agustín Lara?"

*La renta del dolor, pp. 91-92

lunes, 12 de diciembre de 2011

A la Alhambra por la Puerta de las Granadas

Matilde está ya en Granada, después de treinta años de exilio uno de los primeros deseos es volver a tomar contacto con la Alhambra:

"Como si de Nôtre Dame se tratara, la Alhambra sería ahora ese refugio reconfortante y aprovisionador de nueva energía. Era tal el cúmulo de vivencias que se proyectaban desde la colina roja que sentía una necesidad imperiosa de aproximarse a ella, le hervía un deseo irrefrenable de recrear sus pasos por el bosque y el conjunto monumental. Menos de una semana desde que se instalara en la Marina fue el tiempo que se concedió para subir al monte de la Sabika, cuando la feria del Corpus amainaba y la ciudad volvía a la calma habitual. Aún su nuevo hogar no estaba organizado, pero ella tenía prisa, adolecía de urgencia por sumergirse en uno de los recuerdos más entrañables de la ciudad de todos los que la acompañaron en el exilio. Embozada en la emoción y la nostalgia agarró el primer taxi que pasó por la puerta de la pensión una mañana, cuando no eran ni las nueve y las calles habían sido refrescadas por un riego matutino que los empleados del Ayuntamiento propiciaban con largas y potentes mangueras abrochadas a las bocas de riego, y le pidió a su conductor que la llevara a la puerta del Palace. La
subida por la cuesta Gomérez fue el preludio de lo que le aguardaba más arriba. A su paso por la Puerta de las Granadas ya sintió que atravesaba no sólo el recinto de aquella ciudadela sino la frontera a un mundo mágico en el que la imaginación podía retozar a sus anchas. «¡Qué sensación de solidez, de fuerza, de seguridad proyecta esta obra!», murmuraba en su interior cuando la tuvo enfrente, la que el emperador Carlos quiso imprimir para conocimiento de propios y extraños, como alegato y continuación del concepto defensivo con que habían sellado este recinto sus antiguos moradores. Sentirse seguros era una condición vital para disfrutar de todo lo que ofrecía el interior. La cultura que había levantado todo el conjunto asentado en la colina roja estaba cargada de sensualidad, la estimulación de los sentidos formaba un credo esencial en la forma de vida de sus habitantes. Antes que ella, la primitiva puerta de Bib-Handac, después, en su lugar, ésta que se veía coronada por un frontón triangular, donde anida el escudo imperial acompañado por dos figuras alegóricas a la Paz y la Abundancia, y a modo de acroteras, elevadas en todo lo alto, tres granadas entreabiertas que dan el nombre a la puerta. La visión fugaz no fue óbice para observar el ennegrecimiento que había alcanzado la voluminosa y abujardada piedra. Rebasado su ancho cuerpo, la subida del taxi se hizo cada vez más lenta, mientras expulsaba por el tubo de escape una nube negra de humo, que explicaba el barniz ennegrecido que había ido revistiendo silenciosamente la piedra de la puerta. La empinada cuesta doblegaba las ansias de velocidad del más atrevido bólido, a pesar de los fuertes rugidos metálicos con los que bramaba éste en su recorrido. El inmenso, exuberante y verde bosque de la Alhambra apareció tras la Puerta de las Granadas, rica variedad natural con grandes árboles, plantas diversas tupiendo las zonas ajardinadas, y como delimitación, cordones de boj separando la tierra sembrada de los canalillos de agua y las aceras empedradas. Frescor de la mañana que penetraba por la ventanilla del taxi, olor a tierra mojada, a vegetación, a vida intensa en aquel mundo vegetal, que inundaba sus pulmones y su espíritu."
*La renta del dolor, pp. 89-90

domingo, 4 de diciembre de 2011

Madrid, otra vez ante ella

Demasiados años de exilio, Madrid de nuevo ante los ojos de Matilde Santos:

"Los primeros edificios y las primeras calles de Madrid ya estaban delante de ellos, nada reconocía, súbitamente le asaltó la idea de encontrarse en una ciudad extraña. El tráfico estaba más lento de lo acostumbrado, era la hora del cierre de los comercios y oficinas, y a ello se unía la intermitente lluvia que caía sobre la ciudad. La tarde languidecía bajo el cielo encapotado, el coche avanzaba con lentitud hacia el interior del paisaje urbano, y seguía viéndolo todo tan distinto que pensaba en lo poco que aquello tenía que ver con la ciudad que había abandonado al salir durante la guerra hacia Valencia, tras los pasos del gobierno republicano, bastante tiempo después que éste lo hiciera, cuando el escenario pintaba muy mal para las posiciones republicanas. Teníamos las tropas sublevadas tan cerca que casi olíamos los efluvios de sus guisos y el tufo denso de los embutidos que atesoraban en la talega, habían arremetido con tanta fuerza que el panorama de las calles y plazas era desolador: destrucción por todas partes y caras famélicas preguntándose cuándo se terminaría aquella pesadilla… Una imagen que contrastaba con la ciudad moderna que se abría paulatinamente a sus ávidos ojos observadores y en la que le era difícil reconocer los primeros barrios por los que transitaban. «Madrid ha crecido mucho —le respondía el joven inspector a las continuas preguntas de su viajera, ansiosa en descubrir por dónde iban—, estamos en la M-30, más adelante verá usted calles y edificios que seguro reconocerá.» Sólo la presencia del Madrid más antiguo le aproximó a imágenes familiares, donde ya resultaba fácil identificar calles y edificios, la Puerta de Alcalá y el parque del Retiro le brindaron la ansiada familiaridad. No tuvo que solicitar la ayuda de su acompañante. El coche envolvió la fuente de la Cibeles y enfiló la calle de Alcalá, los recuerdos se agolparon de repente, las escenas de bombardeos, de casas destruidas, de barricadas por doquier asaltaron su mente por unos instantes, hasta que el coche se adentró en la Puerta del Sol y fue a detenerse ante la Dirección General de Seguridad."

martes, 4 de enero de 2011

Eduardo Domínguez, 'el maestrito'


Eduardo Domínguez es uno de los personajes principales de La renta del dolor, el amor frustrado de Matilde Santos, el maestro que sigue fiel al pensamiento pedagógico que había conocido en la República.
Cuando aludía a aquellos maestros de la escuela franquista en mi reciente obra La educación que pudo ser. Reflexiones desde el pupitre (Granada, Editorial Zumaya, 2010) la imagen de Eduardo siempre estuvo presente.
Eduardo representa lo que la oficialidad de la escuela franquista desdeñaba: el maestro que inspiraba una educación centrada en la persona del alumno, alejado de los doctrinarios postulados educativos del Régimen.
Cuando he pretendido hablar de la educación de aquella época en La educación que pudo ser no he querido olvidarme de los muchos ‘eduardos’ que había en la escuela franquista. Sería una absurda injusticia pretender criminalizar a todos los docentes de aquella escuela e incluirlos en el mismo patrón pedagógico inspirado en el Régimen.
Estas son las palabras con los que me he referido a ellos: “Probablemente hubo buenos maestros que no comulgaban con los postulados que les imponía el Régimen, ni con los postulados de aquella escuela intervenida, ya que su compromiso con la educación era capaz de transgredir lo establecido. Pero lamentablemente su pertenencia a aquel tiempo los engulló. Como una cuestión de justicia, tal vez alguna vez se debería hablar de ellos y reconocerles su labor. Es más que posible que muchos de ellos se hayan sentido dolidos por incluirlos en el descrédito con que se generalizaba la revisión de aquella escuela, muchas veces buscando más la anécdota que el análisis riguroso y profundo, como ha hecho gran parte de la literatura que proliferó durante un tiempo y cuyo máximo exponente quizá sea El florido pensil de Andrés Sopeña, aunque no fuera el único. No es que pretenda defender un tipo de educación de la que la mayoría abominamos, pero sí quiero que seamos algo más justos con los que en ese tiempo también se opusieron a la dictadura desde la escuela.” (p. 65).
El maestrito, Eduardo Domínguez, estaba entre ellos.